sábado, 14 de octubre de 2017

El amor tiene edad, nombre y apellidos

Pertenecemos a generaciones distintas. 
Nos sacamos 8 años, unos 2912 días de diferencia. 
Algunos dirán que el amor no tiene edad, que no es un inconveniente mientras nuestros objetivos y madurez caminen en la misma dirección. 

Para otros, tenemos fecha de caducidad y todo en contra porque somos temporalmente incompatibles.
Pero si me preguntan, diré que el amor tiene edad y unos ojos bonitos.

Mi amor acaba de estrenar los 30 y conserva un par de hoyuelos encima del culo. Ama con la fuerza huracanada de 15 y me enseña y aprendo tanto de él, como si hubiera vivido un siglo.
El amor tiene edad y trayectoria, juntos y por separado. Quiero decirte que asumo y abrazo satisfecha y feliz tu bagaje. Has besado tantos kilómetros de pieles que si se unieran, podrían formar el contorno del globo terráqueo. Y eso, es otra forma muy bonita de conocer mundo.

Cuando nací tú estabas a punto de hacer la comunión. Mientras estaba aprendido a hablar, tú ya habías leído unos cuantos libros y seguro que soltabas un discurso elocuente y mentiras logradas para salirte con la tuya.
En mis primeros pasos y cuando apenas lograba sostenerme en pie,
tú habías corrido decenas de kilómetros jugando a polis y cacos.

A mis 5 aprendí a decir enciclopedia en lugar de "encicopledia" y tú, la apartabas invirtiendo tus 13 en revistas porno.

Con 12 años me enteré que cuando una chica decía “hacer dedos" no se refería a autostop. Y tú con 20 ya los habías sumergido todos.
Cuando di mi primer beso, tú te habías mudado a una isla por amor.
A los 14, cuando me estaban creciendo las tetas, tú te las comías.
Y podrías haberte sacado la carrera, el máster y el doctorado desabrochando sujetadores.


A los 18 me ponías cachonda y te escribí. 
Con 19 te puse en mi estantería. 
A mis 20 te besé.

Me enamoré de ti con 21. 
Volamos por tus 30, volví a ser niña en día de Reyes celebrando juntos mis 22.

Duermo contigo hoy. No sé qué pasará mañana. Retrasé tu reloj y adelanté el mío, para hacernos coincidir aquella noche. Y te regalé el resto, todo el tiempo del mundo, en aquel reloj de arena.
Si tus 8 años de más y mis 2912 días de menos encajaron, ¿cómo no vamos a estar a tiempo de ser mañana?

Mami

Sonríe. Muchas veces de manera inquietante, y bastantes menos de sinceridad.
No sé si le debe a los daños el que le cueste más estirar los labios, pero sonríe.  
Tampoco sé si es feliz al hacerlo, pero sonríe.
Tiene el título de ser la sonrisa más bonita que vi por primera vez.
No quiere ser barco a la deriva y muchas veces es ella misma la que se aleja de la orilla. Y ahí vamos los 3 a salvarla, a salvarnos para no hundirnos los 4.
Sigue sonriendo. No dejo de mirarla y me pregunto en qué momento su cabeza hizo click. A quién tendría que quitarle yo la sonrisa por todas las veces que se la borraron a ella.
El qué sería capaz de hacer a quien me robó un pedazo de ella que nunca más volverá. A veces imagino cómo hubiera sido nuestra vida si no la hubieran marchitado,  todo el tiempo que habríamos jugado juntas por cada vez que la he visto en la cama; la cantidad de títulos de películas que recordaríamos en lugar del nombre de doctores o pastillas.
Sonríe y  aún no consigo saber porqué.
Miro a mi padre, como si tuviera la respuesta a todo lo inexplicable que la hace única. Le miro y pienso en todas las veces que dijo que tiraba la toalla y nunca lo hizo. Y a la vez, en lo distinta que habría sido su vida de no haberla hipotecado por amor.
Él también sonríe. Y no le pesa haber tomado esa decisión. Para él –y nosotras- merece la pena haber sonreído más veces juntos que por separado.

P.A.Z.


En enero del 63 fuiste bienvenido a una familia humilde en la que pasarías a ser el mediano de 3 hijos.
Coordinaste tu paciencia envidiable con tu cabezonería a medida que fuiste creciendo.
Ya avanzados los 20, conociste a la mujer que hoy es mi madre y de vosotros aprendí un tipo de amor único, eterno e infinito lleno de rosas sí, pero que no está exento de espinas.

Tú, soldadito de plomo que fabricaste tus juguetes y algunos de los míos.
Tú que luchaste por lo que querías y nunca te has dado por vencido vengo a plasmar en este poema una pizca de tu amor todo el que puedan soportar estos versos.

Sé que sacrificaste otros caminos prometedores por tener a las 3 mujeres de tu vida: tu esposa y tus dos hijas. Recuerdo las ganas de que llegaras a casa para jugar contigo y no ser consciente de que habías estado trabajando 12 horas o que habías conducido tantos kilómetros que mi cabeza era incapaz de imaginar tantos ceros.
No conozco a nadie que lleve más de 30 años silbando o cantando cada día al llegar a casa después del trabajo, aunque su jornada haya sido complicada o una verdadera mierda.

Tus iniciales forman la palabra PAZ y cada vez tengo más claro que no fue una coincidencia. Nunca me han faltado tus besos, ni siquiera en ese juego nuestro de retarte pegando mi moflete a tu boca infinitas veces esperando a que te cansaras de besarme y todavía hoy no he conseguido ganarte. Y menos mal.

Pienso en ti y sonrío sabiéndote hecho de literatura:
Gracias por cultivarme a base de poesía, de Sabina, de montaña y de aragonés. Tienes el don de la palabra y eres un pedazo de todos esos cuentos que me leías antes de dormir. Y también de los inventados. Sembraste en mí estas ganas de escribir aun sin saberlo. Me has abrazado con tus poemas y he vivido rodeada de tus libros. Creo que nunca te lo he dicho, pero ése que te falta de Neruda lo escondí yo, sigue en mi estantería haciendo compañía a los tuyos.

Estoy orgullosa de ti. Incluso de tus recetas culinarias sencillas pero eficaces que siempre te critico en broma, porque sé que me has cuidado y sigues haciéndolo lo mejor que sabes y que puedes. Y no existe algo mejor.

Nunca te preocupó que fuera sensible porque no está reñido con la fortaleza. Y me siento enormemente afortunada de que mamá y tú solo nos pusierais la mano encima para darnos un abrazo, una caricia o para hacernos cosquillitas mientras veíamos películas en el sofá.

Las veces que te he visto llorar sin ser de felicidad tiraban por tierra todos mis pilares. Han sido pocas, pero ojalá no hubieran existido. Eres mi salvavidas, la lancha de todos mis naufragios y de mi peor maremoto.

Cada vez que tenía un problema sabía que se iba a solucionar si resonaba de fondo tu “¿confías en mí? o ¿alguna vez te he fallado?”. Inexplicablemente servían de antídoto y todo se arreglaba simplemente porque lo decías tú. En 21 años has acertado todas las veces menos una. No está nada mal la media. Y tiempo después, he entendido que esa vez no cuenta, porque la vida me tenía reservado otro camino.


Tus abrazos inesperados y tus “te quiero” antes de colgar deben activar todas mis endorfinas, serotonina, dopamina o lo que sea. Ya sabes que yo soy de letras. Lo que quiero decir, en definitiva, es que me diste la vida y me la sigues dando cada día.

martes, 11 de julio de 2017

Imprescindibles

Se cansará la poesía de que te escriba.
Pasará la vida y se acumularán los años queriéndonos sin querer.
Permanecerá tu legado, la historia que no supimos ser, pero fue.
No nos hizo falta una fecha porque todo empezó mucho antes de lo que recodábamos después de crecer. Aún sobresale en 3D la inocencia de nuestro primer beso.
Tendríamos unos 10 años, jugábamos a la botella y tuvieron que juntarnos las cabezas porque nos daba repelús el mínimo roce superficial en los labios.
No te preocupes. No te culpo por no acordarte, ya sabes que me hace feliz rellenar esa cabecita que involuntariamente reseteó recuerdos y el relatártelos entre Desperados nos devuelve a lo que fuimos.
Y por qué no, a lo que seguimos siendo.
Un día me dijiste: “No temo a la muerte, pero vivir sin recordarte es peor que morir”.
Sólo supe besarte como nunca antes, como a nadie más. Te besé y acumulé en el oxígeno de esa bocanada  un “Si me olvidas, tendremos otra oportunidad para poder ser”.
Y si el recuerdo se niega a morir, siempre estaremos a tiempo aunque ahora no sea nuestro momento. Lo sé, no queremos querernos así, pero no sabemos hacerlo de otra forma, nuestros sentimientos son atemporales e inversamente proporcionales a la razón y a nosotros mismos.
No me importa. No seremos definitivos pero fuimos los imprescindibles.

Te he vuelto a ver. Y me declaro la paz en cada despedida habiendo sido fiel, ya me costaste demasiadas batallas y prefiero no imaginar cómo acaba la guerra. Ya sabes, que no acepto ningún final empate, y nuestra victoria es siempre, volvernos a ver. 

lunes, 26 de junio de 2017

Meteorito

Cuando a fuera hace frío, me cobijo en ti.
Habito en el microclima que creamos debajo de la sábana.
Apoyo la cabeza, cerquita de tu pecho, entre el hueco que hay 
entre tu hombro y tu barbilla.
Desde ahí, el mundo parece menos malo, 
más comprometido y consciente con las injusticias.

Guiño un ojo y juego a pensar 
que los pelos de tu pecho ocultan un paisaje
que no hay mejor manera que descubrirlo a besos.
Te agarro de la barba como quien se aferra a la vida
y me deslizo cual gata para que me rasques de las maneras más insospechadas.

Me gustas porque tras nuestro primer beso, te dije que me había dado un tirón en la pierna
y la verdad, es que eres corriente eléctrica y provocaste un cortocircuito.
Sé que me gustas, porque me tiemblan las piernas sin que me estés comiendo el coño.
Sé que me gustas, por el escalofrío que me recorre cada vez que me susurras cerquita del pelo
y porque nos imagino en todos tus poemas.

Sé que me gustas y que me encanta tener las braguitas húmedas en cuanto te pienso y que no se sequen hasta que no salgo de tu casa y piso el asfalto de Madrid en pleno junio.
Sé que me gustas más de lo que pienso y de lo que digo, porque cada segundo que pasa se me hace más difícil ocultar que te quiero. No sé de qué manera, para qué ni para cuánto.


Aunque tú no lo sepas, te lo susurré lo más bajito que pude mientras dormías, no quería que lo supieras tan pronto. Me conformaba con que hiciera mella en tu subconsciente, para que, cuando te lo gritara a la cara y en cada faro, no me tomaras por loca. 

viernes, 27 de enero de 2017

Mi punto fuerte


Nuestra relación es como los buenos vinos, mejora con los años.
No sé cómo describir lo que tuvimos y lo que somos hoy en día.
La última vez que te vi me contaste tu teoría de los pintalabios rojos.
Acertaste con mis intenciones, pero yo también adiviné las tuyas.
Hablamos durante horas y me hubiera bebido esa mirada inigualable que aun conservas entre cerveza y cerveza.
Me gusta tenerte en mi vida, saber que coincidimos al pensarnos y que tenemos más secretos en común de los que nadie se imagina.
Compartimos la particularidad de echarnos el uno al otro de nuestras vidas, durante semanas, meses…
Nos gusta dejar que el tiempo pase y juegue a nuestro favor en el siguiente encuentro.
Siempre he pensado que somos  unos amantes que no saben estar juntos , que no se quieren lo suficiente como para enamorarse más que de su libertad.
Por eso sé que no somos imposibles, sino incompatibles.

Nos hacemos felices en medio de una irrealidad, que al día siguiente nos hace dudar de si fue verdad o solo un sueño lo que vivimos.
Mezclamos la amistad, el cariño y e recuerdos en un cóctel de un color y olor de puta madre pero que no se debe beber bajo ningún concepto.

Porque sólo quiero que se me escape una lágrima cuando me atragante de ganas de orgasmos que al día siguiente tenga la certeza de que fueron verdad. 

lunes, 9 de enero de 2017

Declaración de intenciones

Abres tantas puertas que no necesito ventanas.
Entro y salgo continuamente de ti,
como el sin techo que se niega a dormir en la calle 
y que busca un lugar distinto cada noche, 
pero acaba regresando a su sucursal de siempre 
y no por resignación, sino por seguridad. 
Porque a veces el lugar más insospechado 
puede ser donde más nosotros nos sentimos.

Así me pasa contigo. 
Acabo volviendo y no haces más que limpiar la alfombra de “bienvenida” 
incansable, incesante y a pesar de todo feliz,
porque mis pies apunten en tu dirección.

Nunca quise llamar a tu puerta por si me dabas ganas de quedarme. 
Y tú, ya me habías hecho una copia de las llaves con llavero incluido. 
Me dejaste entrar y me invitaste a conocer cada recoveco de ti, 
aun sabiendo que podía hacer daño. 
Y aún puedo.           

Me recibes en tu abrazo de par en par
aunque te haya soltado la mano y haya buscado otras que agarrar.
Entro y salgo continuamente de ti y de mí 
porque me dan miedo los “nosotros”.
Me da miedo perderme en mí y no encontrar la salida 
porque nunca tiraron miguitas de pan para venir a buscarme. 
Sin embargo, pasa el tiempo y no te vas, no te desvaneces.

Incluso te siento cuando no estás, 
si me acaricio en las marcas que dejas en mis pezones 
o cuando me acomodo el pelo y huele a tu champú, 
ése que hace exactamente 83 minutos me estabas frotando con tus propios dedos. 
Y es que, que me duches tú es lo más eroticoromántico que va a vivir el amor en toda su vida.  

Empezaste siendo un inquilino,
un turista en mi pelo, al que le di a elegir en qué herida acurrucarse. 
Y me escogiste a mí entera. 

Escalofrío.

Fue entonces, cuando me prometí que entre tú y yo 
no habría secretos, 
que si nos tenía que separar algo fuera la sinceridad.
Y pienso. 
No hago más que pensar 
que me da vértigo quererte más de la cuenta 
y menos de lo que te mereces.

Pero, de repente, te miro dormir 
y compruebo en directo lo delicada que es la paz
y tu manera inconsciente de hacer ternura buscándome, 
sabiendo que estoy a tu lado. 
Y ya no hay miedo al que se le ocurra aparecer. 
Porque si lo hace, sólo tengo que tocar la camiseta que me has dejado,
mirarte por el rabillo de ojo y encontrarte ahí protegiendo mi espalda 
como si del último trozo de tierra en el mundo se tratase.

A partir de ese momento nos rescatamos
porque soy capaz de callar a todas tus inseguridades y las mías
y te elijo a ti para cohabitar, para echar raíces el uno en el otro. 

Espero que ahora pueda crecer sano, 
habiendo encontrado un lugar a salvo 
lo que llevamos meses creando.