Abres tantas puertas que no
necesito ventanas.
Entro y salgo continuamente de
ti,
como el sin techo que se niega a
dormir en la calle
y que busca un lugar distinto cada noche,
pero acaba regresando
a su sucursal de siempre
y no por resignación, sino por seguridad.
Porque a
veces el lugar más insospechado
puede ser donde más nosotros nos sentimos.
Así me pasa contigo.
Acabo
volviendo y no haces más que limpiar la alfombra de “bienvenida”
incansable,
incesante y a pesar de todo feliz,
porque mis pies apunten en tu dirección.
Nunca quise llamar a tu puerta
por si me dabas ganas de quedarme.
Y tú, ya me habías hecho una copia de las
llaves con llavero incluido.
Me dejaste entrar y me invitaste a conocer cada
recoveco de ti,
aun sabiendo que podía hacer daño.
Y aún puedo.
Me recibes en tu abrazo de par en
par
aunque te haya soltado la mano y haya buscado otras que agarrar.
Entro y salgo continuamente de ti
y de mí
porque me dan miedo los “nosotros”.
Me da miedo perderme en mí y no encontrar
la salida
porque nunca tiraron miguitas de pan para venir a buscarme.
Sin
embargo, pasa el tiempo y no te vas, no te desvaneces.
Incluso te siento cuando no
estás,
si me acaricio en las marcas que dejas en mis pezones
o cuando me
acomodo el pelo y huele a tu champú,
ése que hace exactamente 83 minutos me
estabas frotando con tus propios dedos.
Y es que, que me duches tú es lo más
eroticoromántico que va a vivir el amor en toda su vida.
Empezaste siendo un inquilino,
un
turista en mi pelo, al que le di a elegir en qué herida acurrucarse.
Y me
escogiste a mí entera.
Escalofrío.
Fue entonces, cuando me prometí que entre
tú y yo
no habría secretos,
que si nos tenía que separar algo fuera la
sinceridad.
Y pienso.
No hago más que pensar
que me da vértigo quererte más de la cuenta
y menos de lo que te mereces.
Pero, de repente, te miro dormir
y compruebo en directo lo delicada que es la paz
y tu manera inconsciente de
hacer ternura buscándome,
sabiendo que estoy a tu lado.
Y ya no hay miedo al
que se le ocurra aparecer.
Porque si lo hace, sólo tengo que tocar la camiseta
que me has dejado,
mirarte por el rabillo de ojo y encontrarte ahí protegiendo
mi espalda
como si del último trozo de tierra en el mundo se tratase.
A partir de ese momento nos rescatamos
porque soy capaz de callar a todas tus inseguridades y las mías
y te elijo a ti
para cohabitar, para echar raíces el uno en el otro.
Espero que ahora pueda
crecer sano,
habiendo encontrado un lugar a salvo
lo que llevamos meses creando.
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