lunes, 9 de enero de 2017

Declaración de intenciones

Abres tantas puertas que no necesito ventanas.
Entro y salgo continuamente de ti,
como el sin techo que se niega a dormir en la calle 
y que busca un lugar distinto cada noche, 
pero acaba regresando a su sucursal de siempre 
y no por resignación, sino por seguridad. 
Porque a veces el lugar más insospechado 
puede ser donde más nosotros nos sentimos.

Así me pasa contigo. 
Acabo volviendo y no haces más que limpiar la alfombra de “bienvenida” 
incansable, incesante y a pesar de todo feliz,
porque mis pies apunten en tu dirección.

Nunca quise llamar a tu puerta por si me dabas ganas de quedarme. 
Y tú, ya me habías hecho una copia de las llaves con llavero incluido. 
Me dejaste entrar y me invitaste a conocer cada recoveco de ti, 
aun sabiendo que podía hacer daño. 
Y aún puedo.           

Me recibes en tu abrazo de par en par
aunque te haya soltado la mano y haya buscado otras que agarrar.
Entro y salgo continuamente de ti y de mí 
porque me dan miedo los “nosotros”.
Me da miedo perderme en mí y no encontrar la salida 
porque nunca tiraron miguitas de pan para venir a buscarme. 
Sin embargo, pasa el tiempo y no te vas, no te desvaneces.

Incluso te siento cuando no estás, 
si me acaricio en las marcas que dejas en mis pezones 
o cuando me acomodo el pelo y huele a tu champú, 
ése que hace exactamente 83 minutos me estabas frotando con tus propios dedos. 
Y es que, que me duches tú es lo más eroticoromántico que va a vivir el amor en toda su vida.  

Empezaste siendo un inquilino,
un turista en mi pelo, al que le di a elegir en qué herida acurrucarse. 
Y me escogiste a mí entera. 

Escalofrío.

Fue entonces, cuando me prometí que entre tú y yo 
no habría secretos, 
que si nos tenía que separar algo fuera la sinceridad.
Y pienso. 
No hago más que pensar 
que me da vértigo quererte más de la cuenta 
y menos de lo que te mereces.

Pero, de repente, te miro dormir 
y compruebo en directo lo delicada que es la paz
y tu manera inconsciente de hacer ternura buscándome, 
sabiendo que estoy a tu lado. 
Y ya no hay miedo al que se le ocurra aparecer. 
Porque si lo hace, sólo tengo que tocar la camiseta que me has dejado,
mirarte por el rabillo de ojo y encontrarte ahí protegiendo mi espalda 
como si del último trozo de tierra en el mundo se tratase.

A partir de ese momento nos rescatamos
porque soy capaz de callar a todas tus inseguridades y las mías
y te elijo a ti para cohabitar, para echar raíces el uno en el otro. 

Espero que ahora pueda crecer sano, 
habiendo encontrado un lugar a salvo 
lo que llevamos meses creando.




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