Cuando a fuera hace frío, me
cobijo en ti.
Habito en el microclima que
creamos debajo de la sábana.
Apoyo la cabeza, cerquita de
tu pecho, entre el hueco que hay
entre tu hombro y tu barbilla.
Desde ahí, el mundo parece
menos malo,
más comprometido y consciente con las injusticias.
Guiño un ojo y juego a pensar
que los pelos de tu pecho ocultan un paisaje
que no hay mejor manera que
descubrirlo a besos.
Te agarro de la barba como
quien se aferra a la vida
y me deslizo cual gata para
que me rasques de las maneras más insospechadas.
Me gustas porque tras nuestro
primer beso, te dije que me había dado un tirón en la pierna
y la verdad, es que eres
corriente eléctrica y provocaste un cortocircuito.
Sé que me gustas, porque me
tiemblan las piernas sin que me estés comiendo el coño.
Sé que me gustas, por el
escalofrío que me recorre cada vez que me susurras cerquita del pelo
y porque nos imagino en todos
tus poemas.
Sé que me gustas y que me
encanta tener las braguitas húmedas en cuanto te pienso y que no se sequen
hasta que no salgo de tu casa y piso el asfalto de Madrid en pleno junio.
Sé que me gustas más de lo
que pienso y de lo que digo, porque cada segundo que pasa se me hace más
difícil ocultar que te quiero. No sé de qué manera, para qué ni para cuánto.
Aunque tú no lo sepas, te lo
susurré lo más bajito que pude mientras dormías, no quería que lo supieras tan
pronto. Me conformaba con que hiciera mella en tu subconsciente, para que,
cuando te lo gritara a la cara y en cada faro, no me tomaras por loca.