sábado, 14 de octubre de 2017

P.A.Z.


En enero del 63 fuiste bienvenido a una familia humilde en la que pasarías a ser el mediano de 3 hijos.
Coordinaste tu paciencia envidiable con tu cabezonería a medida que fuiste creciendo.
Ya avanzados los 20, conociste a la mujer que hoy es mi madre y de vosotros aprendí un tipo de amor único, eterno e infinito lleno de rosas sí, pero que no está exento de espinas.

Tú, soldadito de plomo que fabricaste tus juguetes y algunos de los míos.
Tú que luchaste por lo que querías y nunca te has dado por vencido vengo a plasmar en este poema una pizca de tu amor todo el que puedan soportar estos versos.

Sé que sacrificaste otros caminos prometedores por tener a las 3 mujeres de tu vida: tu esposa y tus dos hijas. Recuerdo las ganas de que llegaras a casa para jugar contigo y no ser consciente de que habías estado trabajando 12 horas o que habías conducido tantos kilómetros que mi cabeza era incapaz de imaginar tantos ceros.
No conozco a nadie que lleve más de 30 años silbando o cantando cada día al llegar a casa después del trabajo, aunque su jornada haya sido complicada o una verdadera mierda.

Tus iniciales forman la palabra PAZ y cada vez tengo más claro que no fue una coincidencia. Nunca me han faltado tus besos, ni siquiera en ese juego nuestro de retarte pegando mi moflete a tu boca infinitas veces esperando a que te cansaras de besarme y todavía hoy no he conseguido ganarte. Y menos mal.

Pienso en ti y sonrío sabiéndote hecho de literatura:
Gracias por cultivarme a base de poesía, de Sabina, de montaña y de aragonés. Tienes el don de la palabra y eres un pedazo de todos esos cuentos que me leías antes de dormir. Y también de los inventados. Sembraste en mí estas ganas de escribir aun sin saberlo. Me has abrazado con tus poemas y he vivido rodeada de tus libros. Creo que nunca te lo he dicho, pero ése que te falta de Neruda lo escondí yo, sigue en mi estantería haciendo compañía a los tuyos.

Estoy orgullosa de ti. Incluso de tus recetas culinarias sencillas pero eficaces que siempre te critico en broma, porque sé que me has cuidado y sigues haciéndolo lo mejor que sabes y que puedes. Y no existe algo mejor.

Nunca te preocupó que fuera sensible porque no está reñido con la fortaleza. Y me siento enormemente afortunada de que mamá y tú solo nos pusierais la mano encima para darnos un abrazo, una caricia o para hacernos cosquillitas mientras veíamos películas en el sofá.

Las veces que te he visto llorar sin ser de felicidad tiraban por tierra todos mis pilares. Han sido pocas, pero ojalá no hubieran existido. Eres mi salvavidas, la lancha de todos mis naufragios y de mi peor maremoto.

Cada vez que tenía un problema sabía que se iba a solucionar si resonaba de fondo tu “¿confías en mí? o ¿alguna vez te he fallado?”. Inexplicablemente servían de antídoto y todo se arreglaba simplemente porque lo decías tú. En 21 años has acertado todas las veces menos una. No está nada mal la media. Y tiempo después, he entendido que esa vez no cuenta, porque la vida me tenía reservado otro camino.


Tus abrazos inesperados y tus “te quiero” antes de colgar deben activar todas mis endorfinas, serotonina, dopamina o lo que sea. Ya sabes que yo soy de letras. Lo que quiero decir, en definitiva, es que me diste la vida y me la sigues dando cada día.

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