En enero del 63 fuiste bienvenido a una familia
humilde en la que pasarías a ser el mediano de 3 hijos.
Coordinaste tu paciencia envidiable con tu cabezonería
a medida que fuiste creciendo.
Ya avanzados los 20, conociste a la mujer que hoy es
mi madre y de vosotros aprendí un tipo de amor único, eterno e infinito lleno
de rosas sí, pero que no está exento de espinas.
Tú, soldadito de plomo que fabricaste tus juguetes y algunos
de los míos.
Tú que luchaste por lo que querías y nunca te has dado
por vencido vengo a plasmar en este poema una pizca de tu amor todo el que
puedan soportar estos versos.
Sé que sacrificaste otros caminos prometedores por
tener a las 3 mujeres de tu vida: tu esposa y tus dos hijas. Recuerdo las ganas
de que llegaras a casa para jugar contigo y no ser consciente de que habías
estado trabajando 12 horas o que habías conducido tantos kilómetros que mi
cabeza era incapaz de imaginar tantos ceros.
No conozco a nadie que lleve más de 30 años silbando o
cantando cada día al llegar a casa después del trabajo, aunque su jornada haya
sido complicada o una verdadera mierda.
Tus iniciales forman la palabra PAZ y cada vez tengo
más claro que no fue una coincidencia. Nunca me han faltado tus besos, ni
siquiera en ese juego nuestro de retarte pegando mi moflete a tu boca infinitas
veces esperando a que te cansaras de besarme y todavía hoy no he conseguido
ganarte. Y menos mal.
Pienso en ti y sonrío sabiéndote hecho de literatura:
Gracias por cultivarme a base de poesía, de Sabina, de
montaña y de aragonés. Tienes el don de la palabra y eres un pedazo de todos
esos cuentos que me leías antes de dormir. Y también de los inventados.
Sembraste en mí estas ganas de escribir aun sin saberlo. Me has abrazado con
tus poemas y he vivido rodeada de tus libros. Creo que nunca te lo he dicho,
pero ése que te falta de Neruda lo escondí yo, sigue en mi estantería haciendo
compañía a los tuyos.
Estoy orgullosa de ti. Incluso de tus recetas
culinarias sencillas pero eficaces que siempre te critico en broma, porque sé
que me has cuidado y sigues haciéndolo lo mejor que sabes y que puedes. Y no
existe algo mejor.
Nunca te preocupó que fuera sensible porque no está
reñido con la fortaleza. Y me siento enormemente afortunada de que mamá y tú
solo nos pusierais la mano encima para darnos un abrazo, una caricia o para
hacernos cosquillitas mientras veíamos películas en el sofá.
Las veces que te he visto llorar sin ser de felicidad
tiraban por tierra todos mis pilares. Han sido pocas, pero ojalá no hubieran
existido. Eres mi salvavidas, la lancha de todos mis naufragios y de mi peor
maremoto.
Cada vez que tenía un problema sabía que se iba a
solucionar si resonaba de fondo tu “¿confías en mí? o ¿alguna vez te he
fallado?”. Inexplicablemente servían de antídoto y todo se arreglaba
simplemente porque lo decías tú. En 21 años has acertado todas las veces menos
una. No está nada mal la media. Y tiempo después, he entendido que esa vez no
cuenta, porque la vida me tenía reservado otro camino.
Tus abrazos inesperados y tus “te quiero” antes de
colgar deben activar todas mis endorfinas, serotonina, dopamina o lo que sea.
Ya sabes que yo soy de letras. Lo que quiero decir, en definitiva, es que me
diste la vida y me la sigues dando cada día.
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