Sonríe. Muchas veces de manera inquietante, y bastantes menos de sinceridad.
No sé si le debe a los daños el que le cueste más estirar los labios, pero sonríe.
Tampoco sé si es feliz al hacerlo, pero sonríe.
Tiene el título de ser la sonrisa más bonita que vi por primera vez.
No quiere ser barco a la deriva y muchas veces es ella misma la que se aleja de la orilla. Y ahí vamos los 3 a salvarla, a salvarnos para no hundirnos los 4.
Sigue sonriendo. No dejo de mirarla y me pregunto en qué momento su cabeza hizo click. A quién tendría que quitarle yo la sonrisa por todas las veces que se la borraron a ella.
El qué sería capaz de hacer a quien me robó un pedazo de ella que nunca más volverá. A veces imagino cómo hubiera sido nuestra vida si no la hubieran marchitado, todo el tiempo que habríamos jugado juntas por cada vez que la he visto en la cama; la cantidad de títulos de películas que recordaríamos en lugar del nombre de doctores o pastillas.
Sonríe y aún no consigo saber porqué.
Miro a mi padre, como si tuviera la respuesta a todo lo inexplicable que la hace única. Le miro y pienso en todas las veces que dijo que tiraba la toalla y nunca lo hizo. Y a la vez, en lo distinta que habría sido su vida de no haberla hipotecado por amor.
Él también sonríe. Y no le pesa haber tomado esa decisión. Para él –y nosotras- merece la pena haber sonreído más veces juntos que por separado.
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