jueves, 19 de junio de 2014

Poema agridulce en un corazón de estreno.

 El olvido se vive cuando superas el
“se cae el mundo al suelo por una mano que dejaste de agarrar”.
Es un cigarro a medio fumar que guardas para luego,
por si ese alguien viene a fumarse la otra mitad,
pero que finalmente consumes con la soledad.
Son las riñas y reconciliaciones que no  volveremos a protagonizar,
no llegar a viejos juntos, y las noches que no volverán.

El olvido es el verdugo que corta cabezas
Y el fin que lleva cosido otro principio.
Es lo que no se cuenta a nadie y sufres como todos.
El olvido es verte de la mano de ella y sin importarme,
seguir bebiendo a sabiendas que no acabe la noche contigo,
rodando en la alfombra o subidos a la encimera,
al tejado o donde sea.

El olvido es eso que pasa mientras dueles.
Son las fotos rotas, las personas que aprenden a vivir con agujeros
y el bombardeo hacia el futuro.
Es la sonrisa que estrenas cada domingo y las ganas dispuestas a recobrar.
El olvido es dejar de tener frío por las noches y entender que es posible llorar de felicidad.

El olvido es lo que nos separa cuando sólo nos unen recuerdos.
Es ese número de teléfono que dejaste de aprender, para ahora borrar.
Es volver a besar sin sentirse culpable e ilusionarse como la otra vez,
sin importar el miedo a que salga mal.
Olvido es el resultado de dos corazones que (se) corrieron tanto como pudieron
sabiendo que existía un punto final.

El olvido es un “me he ido para volver más alta,
más guapa, y con otra nueva mano metida en el bolsillo trasero”.
Es dejar las llaves puestas, para que entre la felicidad a tu casa,
y ver su culo desnudo andar por el pasillo.
Es rozar una piel y que siempre te parezca la primera vez.
El olvido se olvida de olvidar todo, menos a ti.


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