Los primeros y tímidos rayos
de sol traspasan de puntillas la persiana. Tus pupilas de “voy a comerte” se
clavan en las mías. Mírame. Míranos. Mis caderas desbordantes de ganas se ponen
de acuerdo con tus manos, y éstas inician así, su ruta preferida. Las velas
consumidas de anoche y las copas a medio vaciar, se rinden a nosotros y las
ansias logran empañar los espejos, que nos miran envidiosos.
¿Notas como mis ojos te
muerden el cuello? Ven, acércate más, mírame muy cerca…
… todavía más.
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