martes, 26 de febrero de 2013

No tocar, tiene dueña.


Adoro cuando sales de la ducha con la toalla perfectamente atada a la cintura, y esas gotitas que te cuelgan del pelo y que finalmente se rinden a recorrer el placer de tu cuerpo; deslizándose por tu espalda como si del camino al paraíso se tratase. Y cómo olvidar tu azote en el culo después de un beso que nunca falta, esos ojos brillantes mientras nos fusionamos, la sonrisa que pedía que me quedara un rato más, y después… una noche más y otra más... Tu manera de cogerme y de tirarnos en la cama, todos y cada uno de los abrazos que me ponen la piel de gallina, y que avivan cada poro de mi piel. Cuando acercamos nuestros labios y nos quedamos a milímetros compitiendo por descubrir quién es capaz de aguantar más las ganas que tenemos el uno del otro. O los susurros de te quiero a media noche al oído,  morirme de frío al extrañar tus brazos a mi alrededor cuando estamos en la cama y la tranquilidad que recorre mi cuerpo al darme la vuelta y descubrir que estabas observándome mientras dormía.

Aquellos besos y mordiscos por el cuello que me desarman y que son imprescindibles en cada reconciliación. Esa pequeña marquita que tienes en el culo y aquellos lunares, cada cual más único y característico colocados como premeditadamente en lugares estratégicos. Me encanta cuando dices que estoy preciosa
con el pelo alborotado de recién levantada, (aunque mientas),o provocar tremendamente tus ganas dejando caer intencionadamente el tirante de mi sujetador por el hombro y ver cómo mueres de amor cuando me ves andar por casa con tu camiseta de anoche y mis bragas como único pijama.
Sí.
Soy dueña y señora de cada uno de los suspiros y del gusanillo que te tortura en cada despedida; en cada ausencia, en cada instante…tanto como a mí.

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