Adoro cuando sales de la ducha con la toalla perfectamente
atada a la cintura, y esas gotitas que te cuelgan del pelo y que finalmente se
rinden a recorrer el placer de tu cuerpo; deslizándose por tu espalda como si
del camino al paraíso se tratase. Y cómo olvidar tu azote en el culo después de
un beso que nunca falta, esos ojos brillantes mientras nos fusionamos, la
sonrisa que pedía que me quedara un rato más, y después… una noche más y otra
más... Tu manera de cogerme y de tirarnos en la cama, todos y cada uno de los abrazos
que me ponen la piel de gallina, y que avivan cada poro de mi piel. Cuando
acercamos nuestros labios y nos quedamos a milímetros compitiendo por descubrir
quién es capaz de aguantar más las ganas que tenemos el uno del otro. O los
susurros de te quiero a media noche al oído, morirme de frío al extrañar tus brazos a mi
alrededor cuando estamos en la cama y la tranquilidad que recorre mi cuerpo al
darme la vuelta y descubrir que estabas observándome mientras dormía.
Aquellos besos y mordiscos por el cuello que me desarman y
que son imprescindibles en cada reconciliación. Esa pequeña marquita que tienes
en el culo y aquellos lunares, cada cual más único y característico colocados
como premeditadamente en lugares estratégicos. Me encanta cuando dices que estoy preciosa
con el pelo alborotado de recién levantada, (aunque
mientas),o provocar tremendamente tus ganas dejando caer intencionadamente el
tirante de mi sujetador por el hombro y ver cómo mueres de amor cuando me ves
andar por casa con tu camiseta de anoche y mis bragas como único pijama.
Sí.
Soy dueña y señora de cada uno de los suspiros y del
gusanillo que te tortura en cada despedida; en cada ausencia, en cada
instante…tanto como a mí.
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